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Abraham Ramírez Palomino

CEO de Summit Finance

Empresario mexicano, fundador y CEO de Summit Finance. Cuenta con más de 16 años de experiencia financiera y 8 años especializado en finanzas de producción audiovisual. Ha participado en más de 80 producciones para plataformas, productoras y estudios, enfocándose en eficiencia, planeación, fiscalidad e innovación financiera.

La otra monetización del streaming se decide detrás de cámaras

Durante años, el streaming operó bajo una premisa muy clara: sumar suscriptores a cualquier costo. Había que producir más, estrenar más, abrir más territorios y alimentar catálogos capaces de sostener una conversación permanente con la audiencia. Esa apuesta transformó la industria audiovisual y permitió una expansión histórica, pero también dejó al descubierto una tensión que hoy define el negocio: crecer en usuarios no necesariamente significa construir rentabilidad.

Desde las finanzas de producción, donde trabajo todos los días, ese cambio se siente con mucha claridad. Hoy, antes de autorizar un contenido, las preguntas son más precisas: ¿qué valor genera?, ¿qué audiencia convoca?, ¿cómo se explota después del estreno?, ¿qué vida comercial puede tener más allá de su primera ventana? El contenido sigue siendo el centro de todo, pero ya no puede evaluarse únicamente por su potencial creativo o por su capacidad de atraer conversación. También debe entenderse como un activo que necesita orden financiero, fiscal y operativo para generar valor real.

Ese, para mí, es uno de los cambios más profundos del momento: la monetización del streaming ya no ocurre solamente frente a la pantalla. También se decide detrás de cámaras. Cumplir presupuestos, proyectar correctamente los recursos, recuperar impuestos como el IVA, documentar bien cada gasto y operar dentro del marco legal mexicano o internacional ya no son tareas administrativas secundarias. Son parte de la estrategia de negocio. Hace unos años, el área de contabilidad de producción podía parecer una pieza más dentro del crew; hoy se ha convertido en una función que influye directamente en la viabilidad de un proyecto. Una producción puede tener enorme fuerza creativa, pero si su estructura financiera y fiscal está desordenada, ese desorden termina restándole valor.

Mientras la industria ajusta sus modelos, una nueva disrupción ya llegó en formato vertical. Los microdramas popularizados por aplicaciones de consumo móvil dejaron de ser una curiosidad para convertirse en una señal clara de hacia dónde se mueve parte de la atención de las audiencias. No se trata solo de contenidos más cortos, sino de una forma distinta de producir, distribuir y monetizar historias. En Latinoamérica, además, existe una ventaja natural: el microdrama puede leerse como una telenovela reinventada para el scroll, con conflictos inmediatos, alta frecuencia de consumo y una relación muy directa con el espectador.

No creo que todo el futuro esté ahí, pero sí veo un futuro complementario con una economía muy distinta. Estos formatos suelen producirse con presupuestos más acotados, se monetizan mediante micropagos, publicidad o contenido de marca, y funcionan bajo una lógica de volumen y márgenes más estrechos. Justamente por eso, requieren una disciplina financiera todavía mayor: cuando el margen es pequeño, cualquier desorden en costos, comprobaciones o planeación puede borrar la rentabilidad.

México tiene una oportunidad importante en este escenario. A herramientas como EFICINE y FOCINE se suma EFICA, mientras incentivos estatales como los cash rebates de Jalisco y Morelos empiezan a competir por atraer producciones. Esto cambia la conversación: las plataformas ya no tendrían que financiar necesariamente el cien por ciento de cada proyecto, porque los incentivos pueden funcionar como un socio financiero más. Pero hay una condición clave: un incentivo no se monetiza cuando se aprueba, sino cuando se cobra. Y entre esos dos momentos hay reglas, auditorías, expedientes, plazos y comprobaciones que no perdonan la improvisación.

Por eso, el futuro del streaming no será únicamente de quien tenga el catálogo más grande, ni de quien produzca el contenido más largo o más corto. Será de quien entienda mejor cómo convertir cada historia en valor. Y esa conversión, aunque casi nunca aparezca en pantalla, se construye con algo que puede sonar poco glamuroso: contabilidad, planeación y cumplimiento hechos extraordinariamente bien.